Fidel Samaniego
Y estalló el silencio. Era un silencio desconcertado, cansado. En la gran plaza, por momentos, se guardaron los gritos, las demandas, los desahogos. Luego se apagaron las luces de las sedes de los gobiernos de la República y de la capital. Se escuchó el canto de bronce, repicaban todas las campanas. Un enorme alarido las acompañó. Se encendieron las veladoras.